Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: "En seguida, ven y ponte a la mesa"? ¿No le diréis: "Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú"? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer." (Lc 17, 7-11)
No es malo, me parece a mí, dejarse “escandalizar” por estas palabras de Jesús, porque puede que así lleguemos a su verdadero y profundo sentido. Es cierto que debemos caer en la cuenta de que somos siervos de Dios, hemos de servirle y además estar contentos –al final del día- por ese servicio en sí mismo, puesto que eso es lo que Dios quiere de nosotros: la viñeta del criado servido por el amo no es más –en principio- que una ilustración de lo ridículo de la posición farisaica que se complace en su propia bondad y valía.
Pero aún hay más, especialmente en estos tiempos que corren. A mí se me ocurren dos aplicaciones inmediatas: el espíritu de servicio de aquel que es habitualmente servido, y la dignidad del servidor y de su trabajo.
Durante años he disfrutado de la ayuda de una empleada doméstica. Con los niños pequeños, todas las manos disponibles son pocas! A mí me ha tocado una época en que la gran mayoría de empleadas viene de América Latina. De entrada, cuesta hacerse con su manera diferente de trabajar, a veces hay que enseñar, y a menudo olvidamos que no se puede esperar del empleado lo que no hemos explicado bien claro. Además, convivimos en familia y en nuestro propio hogar con otra persona que está sola en nuestra ciudad, que echa de menos a los suyos, que no cuenta con un amigo donde descansar sus preocupaciones… Una persona que quiere y se hace querer por nuestros hijos. ¿Cómo podemos servir nosotros a estos empleados nuestros?
Y aquí llegamos a la segunda aplicación: Seguro que cada caso es distinto, cierto, pero empecemos por considerar seriamente y a la luz del Evangelio la dignidad profunda de cada una de las personas que nos rodean y sirven, y de su trabajo: el barrendero, el portero de mi edificio, el cartero, la asistenta por horas, la señora de la limpieza de mi oficina, el empleado del banco, la canguro de los niños, el profe particular de inglés, el conductor del autobús…..incluso el policía que igual me pone una multa de aparcamiento!
Cuando sirvo, cuando hago trabajos menos vistosos o sin remunerar (en mi casa, millones…) ¿soy plenamente consciente de la dignidad de ese trabajo y estoy dispuesto a servir antes que ser servido? ¿Soy el primero en levantarme de la mesa cuando a alguien le falta algo? ¿Dejo el baño recogido pensando en el que viene después, reponiendo –por ejemplo- el papel higiénico si hace falta, o limpiando lo que otro miembro de la familia ha olvidado limpiar, y sin quejarme ni echarlo en cara, ni siquiera hacerlo notar? A la Madre Teresa de Calcuta no se le ocurría quedarse durmiendo cuando llegaba de visita a alguna de las casas de sus hijas, las Misioneras de la Caridad, frecuentemente tras más de veinticuatro horas de viaje en vagones de tercera y ya anciana. Servir. Porque Jesús nos habla de Dios como de un «padre» amante y servicial que se desvivirá por sus servidores: «¿Qué hará el dueño de la casa? Yo os lo digo, se pondrá en actitud de servicio, hará que se coloquen a la mesa, y, pasando junto a ellos, los servirá» (Lc 12,37).












