martes 10 de noviembre de 2009

Dignidad y espíritu de servicio


El Señor nos “escandaliza” cuando se imagina que a ninguno de nosotros se le va a ocurrir servir a su criado (= empleado) o que, después de ser servido, encima da las gracias al criado por realizar el trabajo mandado, por el que ya se le paga:

Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: "En seguida, ven y ponte a la mesa"? ¿No le diréis: "Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú"? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer." (Lc 17, 7-11)

No es malo, me parece a mí, dejarse “escandalizar” por estas palabras de Jesús, porque puede que así lleguemos a su verdadero y profundo sentido. Es cierto que debemos caer en la cuenta de que somos siervos de Dios, hemos de servirle y además estar contentos –al final del día- por ese servicio en sí mismo, puesto que eso es lo que Dios quiere de nosotros: la viñeta del criado servido por el amo no es más –en principio- que una ilustración de lo ridículo de la posición farisaica que se complace en su propia bondad y valía.

Pero aún hay más, especialmente en estos tiempos que corren. A mí se me ocurren dos aplicaciones inmediatas: el espíritu de servicio de aquel que es habitualmente servido, y la dignidad del servidor y de su trabajo.

Durante años he disfrutado de la ayuda de una empleada doméstica. Con los niños pequeños, todas las manos disponibles son pocas! A mí me ha tocado una época en que la gran mayoría de empleadas viene de América Latina. De entrada, cuesta hacerse con su manera diferente de trabajar, a veces hay que enseñar, y a menudo olvidamos que no se puede esperar del empleado lo que no hemos explicado bien claro. Además, convivimos en familia y en nuestro propio hogar con otra persona que está sola en nuestra ciudad, que echa de menos a los suyos, que no cuenta con un amigo donde descansar sus preocupaciones… Una persona que quiere y se hace querer por nuestros hijos. ¿Cómo podemos servir nosotros a estos empleados nuestros?

Y aquí llegamos a la segunda aplicación: Seguro que cada caso es distinto, cierto, pero empecemos por considerar seriamente y a la luz del Evangelio la dignidad profunda de cada una de las personas que nos rodean y sirven, y de su trabajo: el barrendero, el portero de mi edificio, el cartero, la asistenta por horas, la señora de la limpieza de mi oficina, el empleado del banco, la canguro de los niños, el profe particular de inglés, el conductor del autobús…..incluso el policía que igual me pone una multa de aparcamiento!

Cuando sirvo, cuando hago trabajos menos vistosos o sin remunerar (en mi casa, millones…) ¿soy plenamente consciente de la dignidad de ese trabajo y estoy dispuesto a servir antes que ser servido? ¿Soy el primero en levantarme de la mesa cuando a alguien le falta algo? ¿Dejo el baño recogido pensando en el que viene después, reponiendo –por ejemplo- el papel higiénico si hace falta, o limpiando lo que otro miembro de la familia ha olvidado limpiar, y sin quejarme ni echarlo en cara, ni siquiera hacerlo notar? A la Madre Teresa de Calcuta no se le ocurría quedarse durmiendo cuando llegaba de visita a alguna de las casas de sus hijas, las Misioneras de la Caridad, frecuentemente tras más de veinticuatro horas de viaje en vagones de tercera y ya anciana. Servir. Porque Jesús nos habla de Dios como de un «padre» amante y servicial que se desvivirá por sus servidores: «¿Qué hará el dueño de la casa? Yo os lo digo, se pondrá en actitud de servicio, hará que se coloquen a la mesa, y, pasando junto a ellos, los servirá» (Lc 12,37).
cristinamorenoalconchel

sábado 7 de noviembre de 2009


comentario litúrgico dominical

Tiempo ordinario Domingo 32 (B). Las mujeres cristianas son un modelo de fe en la resurrección, que lleva a darse totalmente al servicio de Dios y de los demás.

1.
El libro de los Reyes nos cuenta que el profeta Elías se encontró a una viuda que recogía leña y le pidió que le hiciera pan, pero ella le dijo que sólo le quedaba un poco de harina y aceite: “Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos”. El profeta parecía un poco caradura porque le dijo: “No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: «La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra»”. Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.” Se hizo el milagro, y ya no pasó más hambre la pobre viuda con su hijo.

2. El Salmo canta: “Alaba, alma mía, al Señor”. ¿Procuro alabar a Dios, y darle gracias? Es tan bonito ser agradecido, y nos hace mejores. Además, la fe nos hace ver que al final todo será bueno, que todas las cosas las permite Dios para que sirvan para algo bueno. Hoy es un día en que las protagonistas son mujeres que se fían. Ayer me decía un amigo que fueron un día al piso donde habían vivido sus suegros, de casualidad, y ahí en la escalera había una monja africana sentada ante la puerta del piso, esperando: “¿qué hace usted ahí?” le preguntaron; “esperando a los señores, que me recomendaron venir”; “pero si hace tiempo que no viven aquí…” y ella: “vi abajo en el portón la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y pensé que mejor esperar, que alguien vendría a ayudarme…” Tenía fe en que vendrían, porque había visto la imagen de Jesús. A veces nos ponemos a rezar para que se arregle algo, y como por arte de magia aquello acaba bien. Tengo un amigo que dejó el coche y al volver ya no estaba. Comprobó el nombre de la calle, pues antes se había fijado, e incluso preguntó a un señor, y todo coincidía, pero ahí no había coche. Llamó a la grúa y a la policía por si le habían robado. Unos vecinos de la zona le ayudaron a buscarlo. Hasta que rezó y se quedó tranquilo, aun sin saber cómo iba a solucionarse aquella emocionante aventura; se puso a dar vueltas haciendo el trayecto que había hecho, y lo encontró en una calle cercana, pues había mirado la calle donde estaba al ir hacia su destino, pero no en el sitio donde había aparcado, que no era en la misma calle, sino cerca, y de eso ya no se acordaba… tantas veces perdemos cosas y pensamos: “¿quién me ha quitado esto?” y resulta que lo habíamos dejado en otro lugar… vamos a rezar y con calma lo encontraremos…
En la vida tenemos “la mala educación” de enfadarnos cuando las cosas nos salen mal, con los demás y con nosotros mismos, ponernos de mal humor… y Dios no lo quiere, está siempre con nosotros, ayudándonos y nos quiere igual, por eso el pan y el aceite que no se acaban nunca son arreglar las cosas enseguida, pidiendo perdón o haciendo las paces, y con una sonrisa. Así, con el pan de la humildad y el aceite del buen humor, siempre irá todo bien, podremos dormir tranquilos, habrá alegría para nosotros y para los demás, “buen rollo” como dicen ahora, al abrigo de todos los riesgos y de todas las miserias, porque qué más da si nos equivocamos: lo arreglamos y ya estamos contentos otra vez. Así podemos llevar como un sacrificio, como decimos en la Misa, todas las cosas, también las que nos cuestan, junto a Jesús: "Mira con bondad, Señor, los sacrificios que te presentamos, para que, al celebrar la pasión de tu Hijo en este sacramento, gocemos de sus frutos en nuestro corazón"; "que él nos transforme en ofrenda permanente".
Cantamos en el salmo que Yahvé Dios guarda a los peregrinos, protege al huérfano y a la viuda... es una especie de letanía de desgraciados a los cuales ayuda Dios: los "oprimidos", los "hambrientos", los "prisioneros", los "ciegos", los "abatidos", los "extranjeros", las "viudas", los "huérfanos"... ¡Toda la desgracia del mundo que conmueve a Dios!: "Mi Dios"... "Su Dios"... "Tu Dios"... “Que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. - El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. - Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente”. Muchos milagros de Jesús fueron para dar de comer a los hambrientos, dar la vista a los ciegos, la liberación de los prisioneros del pecado... A la sala del festín de su reino, los pobres, los lisiados, los encorvados, los ciegos, son los primeros invitados. Igual que el salmo, Jesús pronunció también "bienaventuranzas": "bienaventurado aquel cuyo auxilio es Dios... Bienaventurado el que escucha la palabra de Dios..." hambre de escuchar a Jesús, y hambre de Jesús: Tenemos hambre de Cristo, y él mismo nos dará el pan del cielo. "Danos hoy nuestro pan de cada día". Y por esto comulgamos, nos alimentamos con el Cuerpo de Cristo.
3. La Carta a los Hebreos nos dice que “Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres -imagen del auténtico-, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros. Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces… Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación con el pecado, a los que lo esperan, para salvarlos”. En este año de rezar por los sacerdotes vemos a Cristo Sacerdote que nos salva con su nueva "alianza" (= "testamento" = "última voluntad"). La alianza nueva es, además, "testamento nuevo", es decir, deseo de Cristo de cumplir la voluntad del Padre; testamento que entró en vigor al entregar su vida en sacrificio perfecto. Y desde el cielo nos está subiendo como en una cuerda, “aupando” para que donde Él está estemos también nosotros.
4. El Evangelio nos enseña que muchos ricos daban limosnas en el Templo, “se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo: -Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. ¿Nosotros damos de lo que nos sobra? Ella, casi avergonzada, echa sus dos moneditas de cobre, las más pequeñas que nadie ve, pero Jesús lo ve todo. El otro día vino un chico a entregar su sobre del “Domund” personalmente, y dentro había 20 euros. Le pregunté: ¿son de tus padres? Y contestó: 10 son míos, entre tímido y orgulloso, pues había dado de lo suyo, haciendo un sacrificio escondido. Le di un caramelo, pero él sabe que Dios le ha dado una gran alegría en su corazón, pues hay más gozo en dar que en recibir: "ha echado más que nadie", pues ha dado de lo suyo… todo lo que tenía. Es más tener a Dios en el alma que oro en el arca… ¿Quieres ser rico en Dios? Da a Dios. Dios no valora la cantidad sino la voluntad. Nadie dio tanto como la que no reservó nada para sí. Son dos historias preciosas, las dos viudas, con una clara lección: para conseguir que el corazón de Dios se sienta "tocado" no hace falta hacer cosas importantes, ni llevar ropas de marca, sino poner el corazón "en la bandeja" y Él lo pone con el suyo, hace el milagro de que ya no se acabe nunca la esperanza, la ilusión, la harina y el aceite sobrenatural que necesitamos para caminar por la vida cristiana. La Santísima Virgen, nuestra Madre, es modelo que nos enseña a darnos con lo que somos y tenemos. Ella que se dio sin dudar, sin pereza, como nos muestra el Evangelio, pensando siempre en los demás, antes que en sí misma, cuando ya embarazada hizo un largo viaje hasta la casa de Isabel y Zacarías para ayudar en el nacimiento de san Juan Bautista. O cuando –mujer al fin y al cabo, detallista y previsora- se da cuenta antes que nadie del bochorno que espera a aquellos novios que se quedan sin vino a mitad de la celebración. Madre nuestra, Mujer modelo de todas las virtudes… ¡Ruega por nosotros!

martes 3 de noviembre de 2009



comentario litúrgico dominical

1 de Noviembre, Solemnidad de Todos los Santos. Todos estamos llamados a ser santos, a vivir como hijos de Dios, por el amor.

1.
El Apocalipsis habla de unos ángeles que señalan “en la frente a los siervos de nuestro Dios”, es la llamada de los escogidos, y luego están todos los que se salvarán que se presentan ante Jesús, que se presentan ante Dios “de todas las tribus de Israel. Después vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero! Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes, cayeron rostro a tierra ante el trono, y rindieron homenaje a Dios, diciendo: Amén”. Los de vestiduras blancas son los mártires, “los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero”. Es una fiesta de alegría y se nos habla del cielo, la Jerusalén celestial. Muchos que hemos conocido y han muerto y están en el cielo celebran hoy su fiesta, hombres y mujeres como nosotros, que nos dicen que han recorrido esta tierra como nosotros. Es como una carrera de relevos, como una procesión inmensa, y la cabeza, que es Jesús y los santos, ya ha "entrado", mientras nosotros vamos caminando y otros empiezan a salir o esperan su turno.

2. El Salmo habla del “monte del Señor", el templo de Jerusalén: "¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?". Es preciso tener "manos inocentes y corazón puro". Hacer las cosas bien y con buena intención. Y luego "no mentir", los ídolos son falsos dioses, es decir, "mentira". Y "no jurar contra el prójimo en falso", no engañar. Es Jesús el que con su vida hace todas las pruebas para poder entrar: «¿Quién es este Rey de la gloria?» Es el Señor, héroe valeroso, héroe de la guerra que además nos dice que "a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados".


3. Somos hijos de Dios, pero aún no somos lo que seremos en el cielo… San Juan nos habla del cielo y de la esperanza de ser santos, buenos hijos de Dios; por el amor. ¿Quién podrá decir lo que habrá en el cielo? Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni se le ocurre al corazón del hombre, es algo tan grande que nada tiene comparación con la gloria que se revelará en el cielo a los santos. Gustavo Adolfo Bécquer va rezándole a todos los que están ya allí para que intercedan ante Jesús por nosotros, comienza por los profetas y después sigue… “Almas cándidas, Santos Inocentes, / que aumentáis de los ángeles el coro, / al que llamó a los niños a su lado / rogadle por nosotros.
Apóstoles que echasteis en el mundo / de la Iglesia el cimiento poderoso, / al que es de la verdad depositario / rogadle por nosotros.
Mártires que ganasteis vuestra palma / en la arena del circo, en sangre rojo, / al que os dio fortaleza en los combates / rogadle por nosotros.
Vírgenes semejantes a azucenas, / que el verano vistió de nieve y oro, / al que es fuente de vida y hermosura / rogadle por nosotros.
Monjes que de la vida en el combate / pedisteis paz al claustro silencioso, / al que es iris de calma en las tormentas / rogadle por nosotros.
Doctores cuyas plumas nos legaron / de virtud y saber rico tesoro, / al que es caudal de ciencia inextinguible / rogadle por nosotros.
Soldados del Ejército de Cristo, / Santas y Santos todos, / rogadle que perdone nuestras culpas / a Aquel que vive y reina entre nosotros”.

4. El Evangelio es de las Bienaventuranzas que son un canto a las personas que sufren por Jesús: pobreza, no violencia, llanto, ansia de justicia, ayuda a los demás, limpieza de mirada, búsqueda de la paz y, por último, persecución por causa de la justicia de seguir a Jesús. Son dichosas ante un futuro de esperanza, vencieron el egoísmo, perdonaron siempre. Santos son los que aman, son justos, luchan por ser sinceros, buscan la paz, la misericordia. Son abiertos, se dan con la confianza de un niño. Se saben hijos de Dios. Es una aventura, para cambiar el mundo y ayudar a los demás a tener una vida feliz aquí y llegar al cielo: que no se dejen llevar por la avaricia, que seamos todos mansos y busquemos hacer a los demás lo que queremos que hagan con nosotros, nos consolemos, les llevemos a Jesús en los Sacramentos: “Yo soy -dijo Jesús- el pan que ha bajado del cielo”, el pan que quita el hambre para siempre. Los limpios de corazón verán a Dios: preparemos el corazón para llegar a ver, iluminados por la fe y por el amor, un corazón que sepa amar. Hay quien piensa que el cielo es para los campeones que superan marcas de atletas. No: cuando ayudamos a los demás, lo hacemos con Jesús, ésta es la clave… Cuenta una historia de un samurai que tuvo una visión. Vio el infierno con demonios hambrientos y enflaquecidos que parecían esqueletos. Estaban sentados delante de un enorme plato con un sabroso arroz. En sus manos tenían unos largos palillos de unos dos metros de longitud. Cada demonio intentaba coger la mayor cantidad posible de arroz. Sin embargo cada uno obstaculizaba al otro con sus largos bastones, que además no podían alcanzar a ponérselo en la boca, y ninguno llegaba a comer nada. El samurai espantado apartó su mirada de aquella visión... Más tarde llegó al cielo. Allí vio a la gente feliz, en una estancia preciosa y todos en una mesa con comida muy rica, con el mismo gran plato con el arroz sabroso y los mismos largos palillos. Pero los elegidos respiraban literalmente salud. Los enormes palillos no les causaban ninguna dificultad. Es verdad que ninguno podía alimentarse con su instrumento. Pero cada uno tomaba del plato y se lo ponía en la boca al que tenía al lado… Buscamos la felicidad, pero no tenemos un instrumento para dárnosla a nosotros mismos, cuando hacemos el bien a los demás nos transformamos en buenos, y entonces, “de rebote”, como las canastas, viene la felicidad. Tenemos unos palillos de dos metros para ser felices: darnos a los demás.
llucia.pou@gmail.com

jueves 29 de octubre de 2009

Bajo la nube



El pueblo de Israel es también conocido como el Pueblo de la nube. A nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, gente sedentaria acostumbrada a mirar las previsiones meteorológicas en internet, esta expresión nos dice muy poco e incluso nos extraña. Sin embargo, este nombre responde a una especial voluntad de Dios. Israel es el Pueblo de Dios, el Pueblo de la Nube. Dios eligió a ese pueblo para morar en Él y hacerlo suyo; para que Israel fuera su Pueblo y Yavhé fuera su Dios. Y la nube era el signo por excelencia de esta presencia y de esta elección.

¿Por qué?

Porque durante los cuarenta años que Israel peregrinó por el desierto hacia la conquista de la Tierra Prometida Dios se ocupó de estar con él, de acompañarle en todas sus etapas, de dirigirle en las inmensas llanuras desérticas, de consolarle en los momentos de tristeza y de aflicción. Basta pensar un momento en las condiciones de vida del desierto: fríos intensos por la noche y calor sofocante durante el día bajo un sol de justicia. Yavhé envió una nube para que constantemente acompañara a su pueblo.

El Tabernaculo en el que se guardaba el Arca de la Alianza recibía también el nombre de "Tienda del Encuentro", porque en ella Dios hablaba con Moisés. Así lo explican los capítulos 19 y 20 del libro del Éxodo: "yo vendré a ti en una densa nube, para que el pueblo pueda escuchar cómo hablo contigo y tenga siempre confianza en ti" (Ex 19, 9).

En el libro de los Números 9, 15-23 se cuenta hasta qué punto el pueblo de Israel obedecía a Yavhé significado en la nube: de noche la nube se convertía en una columna de fuego que iluminaba (y calentaba, quizá) el campamento, mientras que de día permanecía localizada sobre la Tienda del Encuentro. En cuanto la nube se levantaba al amanecer sobre el Tabernáculo, entonces era la señal de levantar el campamento y de ir a dónde ella les indicase. Lo más extraordinario es que esta presencia de Yavhè entre los nimbos no fue un hecho aislado, sino que es referido como algo permanente. Ellos eran el Pueblo de la Nube e iban a dónde ésta les llevaba o, por el contrario, se quedaban donde ella permanecía quieta aunque fuese durante un año (Cf 9, 22).

A mí me sorprende muchísimo esta obediencia, sobre todo si me imagino al pueblo asentado durante meses en un páramo desértico. ¿Qué sentido tiene? Sólo veo uno: Yavhè exigía una obediencia perfecta, pero al mismo tiempo se les manifestaba cercano y protector. Efectivamente, la nube en pleno verano debería ser un consuelo grande: la sombra por ella proyectada creaba un espacio de tranquilidad, protección y alivio, quizá acrecentado por una suave brisa. El Espíritu Santo quedaba perfectamente prefigurado en estas escenas maravillosas vividas por el Pueblo durante cuarenta años: el Consolador se manifestaba a través de la luz, de la nube y de la brisa.

¿Y después? ¿Qué ocurrió una vez conquistaron la Tierra Prometida? La nube se quedó atrás, pero su recuerdo permaneció permanentemente en la memoria. En cierto sentido, la fiesta de los Tabernáculos guarda relación con esa experiencia. El Pueblo sedentario no debería olvidar nunca que una vez estuvo "bajo la nube".

Pero, sobre todo, la nube era figura del misterio cristiano. Entendemos bien diversos aspectos de este misterio si los consideramos desde esa perspectiva:

  • El verbo de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros (Jn 1, 14). Es necesario subrayar el verbo empleado, que no sólo significa habitar sino también poner su tienda, acampar.
  • El arcángel san Gabriel le dijo a María: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc 1, 34). El Espíritu Santo es la nube que proyecta esa sombra.
  • La fiesta cristiana de la Transfiguración coincide también con la de los Tabernáculos: al estar bajo la nube, Pedro dijo "se está bien aquí. Hagamos tres tiendas". Creía haber llegado al Cielo.
  • Cuando entremos en la verdadera Tierra Prometida, también lo haremos acompañados de las nubes. Así lo explica san Pablo: "seremos arrebatados junto con ellos entre nubes y saldremos por los aires al encuentro del Señor. De este modo estaremos siempre con el Señor" (1 Tes 4, 17).

miércoles 28 de octubre de 2009

Asaltar sagrarios


A San Josemaría, especialmente en sus años jóvenes, le gustaba emplear expresiones fuertes y paradójicas como la de la "santa desvergüenza", el "santo orgullo" o la que aparece en el punto 876 de Camino y que hoy pasamos a comentar aquí:

"Niño: no pierdas tu amorosa costumbre de 'asaltar' Sagrarios".
Parece una invitación perniciosa, puesto que asaltar es un término militar consistente en dominar una posición para reducir al enemigo que se encuentra en ella. Un asaltante no suele tener buenas intenciones: conquistar, dominar, destruir. De ahí que la expresión es llamativa e incluso escandalosa, al ser aplicada a los sagrarios.

Sin embargo, una vez superada la primera y falsa impresión (hay que señalar que en los años cuarenta del siglo pasado, no faltaron lectores que no lograban superarla), se descubre una perspectiva nueva, de manera que la expresión adquiera mayor profundidad e intensidad de significado. ¿Acaso no utilizan los amantes el término "conquistar", para referirse a la actividad seductora consistente en lograr su recíproco enamoramiento? ¿Acaso no se aconseja a los esposos que estén siempre dispuestos a conquistar a su pareja?

San Josemaría escribe a un Niño, es decir, a una persona adulta que quiere vivir vida de infancia. A este Niño, en que estamos todos invitados a convertirnos, porque a Él ha sido prometido el Reino de los Cielos. A este Niño que desea amar con todas sus fuerzas a Jesús, para agradecerle todo lo que ha hecho por él. A este Niño le dice que "no pierda la amorosa costumbre de 'asaltar' Sagrarios".

¿En qué consiste esta amorosa costumbre? ¿Cómo puede ser asaltado un sagrario? De ninguna manera se trata de abrirlo o forzarlo y mucho menos de profanarlo. Al contrario, el santo español se refiere a la costumbre de visitar a Jesús en el tabernáculo: llegar hasta Él y conquistar su corazón mediante el amor. El "enemigo" quiere ser asaltado, puesto que para eso se ha quedado allí y nos espera.

¿Cómo se hacen esas visitas al Santísimo, para que sean "asaltos" eficaces? Es evidente que lo mejor es acercarse por lo menos una vez al día hasta el sagrario de cualquier iglesia u oratorio en el que Él esté reservado y allí rezarle con devoción, saludarle, pedirle ayuda, agradecerle los dones recibidos o lo que salga del corazón. Sin embargo, a veces eso no será posible. La enfermedad u otras ocupaciones pueden impedir el "asalto" físico al tabernáuculo. Por esta razón san Josemaría hablaba en ocasiones de un asalto virtual, es decir, realizado con la intención e imaginariamente. Así se lo explicaba en una carta a María Teresa Villanueva, entonces Jerónima de la Adoración, el 24 de enero de 1932:

"Voy a contarle un secreto: dos noches, desde mi celda de Madrid, he asaltado el Sagrario de mis Madres de Gijón". (1)
En este caso el asalto se produjo desde la celda de Madrid, presumiblemente durante unos momentos de insomnio. El corazón es atraído por el Sagrario: "Niño bueno: dile a Jesús muchas veces al día: te amo, te amo, te amo..." (Camino, 878), dirá el santo indicando con estas palabras que el asalto del que habla es una conquista de amor.

Esta santa pasión adoradora emergía de su corazón ya desde muy joven, cuando pasaba horas en diálogo con el Señor en la capilla del seminario. Y la mantuvo durante toda su vida. A San Josemaría le gustaba contar las sedes de los centros del Opus Dei por sagrarios: tantos centros como sagrarios. Y con la imaginación "desde su celda de Roma" los visitaba o asaltaba con la imaginación, de modo que las distancias desaparecían. Era una manera de estar cerca de Jesús y de sus hijos esparcidos por el mundo: una manera teológicamente muy certera, puesto que es la comunión eucarística la que nos permite ser uno.

Los padres de familia pueden inspirarse en esta sana costumbre, no sólo para mantener ellos mismos el fuego del Amor encendido en sus corazones sino también para transmitirlo a los hijos. Es muy fácil enseñar a los niños a asaltar sagrarios:

  • En una mañana de paseo dominical, en la que las iglesias suelen estar abiertas, se puede explicar a los niños la costumbre de las visitas al Santísimo.
  • En un viaje por carretera o en tren con la familia se puede hacer un concurso para ver quién llega a descubrir más sagrarios por el camino, explicando que los signos de la presencia de un sagrario son las torres o los campanarios de las iglesias.
  • ¡La imaginación al poder!




__________
(1) Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino. Edición crítico-histórica preparada por Pedro Rodríguez, Rialp, Madrid 2002, p. 930.

martes 27 de octubre de 2009

El sagrario


Así como los imanes atraen hacia sí a los metales, así también los corazones de los cristianos deberían sentir la poderosa atracción de los sagrarios.


Los primeros sagrarios comenzaron a existir en la Edad Media, en un momento en que a un teólogo se le había ocurrido negar la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Este hombre -Berengario, se llamaba- comenzó a decir que la Eucaristía es sólo un signo o un símbolo de Jesús y que el pan y el vino, incluso después de la consagración, continuaban siendo pan y vino. Esta doctrina causó un gran revuelo: después de muchos siglos de pacífica creencia en la presencia real de Cristo bajo las especies del pan y del vino, un teólogo osaba negarla.

Berengario se arrepintió de su error, antes de morir. Sin embargo, puede decirse que gracias a él, la Iglesia descubrió con nueva profundidad el valor infinito de este Sacramento. Dos cosas interesantes de contar sucedieron:

  • En primer lugar, comenzó a decirse que la Eucaristía es el Cuerpo verdadero de Cristo: allí está Él presente realmente y no sólo en símbolo. Si hasta ese momento se decía que la Iglesia es el verdadero cuerpo de Cristo y la Eucaristía su cuerpo místico sacramental; después de Berengario, sucedió justo al revés. Es decir, comenzó a decirse que la Eucaristía es el Cuerpo de Cristo y la Iglesia es su Cuerpo místico.
  • En segundo lugar, hubo un movimiento importante de adoración a la Eucaristía y comenzó la costumbre de colocarla en un sagrario en forma de arca, sobre el altar. De esta manera, después de Misa, el Sacramento era reservado en el sagrario para que los fieles pudiesen adorarlo en cualquier momento.
Entonces, antes de Berengario, ¿no existían los sagrarios? En cierto sentido, no. Había algo parecido: una caja digna para reservar el Santísimo Sacramento que se conservaba en las sacristías y que se destinaba a proporcionar el viático a los enfermos. Pero el sagrario añade algo nuevo: es algo así como lo que fue el arca de la Alianza para el pueblo elegido. En el arca de la Alianza se contenían los grandes símbolos de la presencia de Dios: el maná, la vara de Aarón y los Tablas de la Ley. En el Sagrario se contiene al mismo Hijo de Dios realmente presente en el Sacramento de la Eucaristía.

Por eso se establecieron ya desde tiempos antiguos las costumbres todavía vigentes:

  • señalar la presencia de Cristo en el sagrario mediante una lámpara encendida.
  • reverenciar a Cristo, presente en el sagrario, mediante una genuflexión, máximo gesto de adoración (también llamado culto de latría, es decir, de adoración en griego).
  • cubrir el sagrario con un paño, de seda o de alguna tela noble, llamado conopeo.

lunes 26 de octubre de 2009

El termómetro

Un niño que conozco bien, tras decirle yo que en su casa debían estar orgullosos de la buena letra que hacía últimamente, y preguntarle si no estaba él también satisfecho de sí mismo, me contestó lo siguiente:

"Sí, claro... -se quedó meditando y continuó-. Pero, ¿sabes? Es como si aquí, en la barriga -y se señalaba desde debajo de la barbilla hasta la cinturilla del pantalón- uno tuviera unos termómetros, uno junto a otro, unos cuantos, claro, porque quizá el de la buena letra está bastante lleno...pero está el termómetro de ayudar a los demás, está el de obedecer, está el de perdonar a los amigos.."

Yo sólo pude asentir, claro está, me parecía que tenía toda la razón y después pensé que esta historia de los termómetros era síntoma de una conciencia en proceso de desarrollo, que ya ha despertado, desde luego, y cuya existencia, su dueño de 10 años está empezando a descubrir.

¡Qué misterio para nosotros los adultos la conciencia de un niño! A veces me parece casi estar violando algo que no me pertenece cuando veo que he de pisar terrenos próximos a la conciencia de mis hijos. Un sacerdote de quien me fío me dio un par de claves: no forzar su conciencia y huir de rigideces.

Personalmente quisiera desde aquí aportar otra, muy relacionada con el ejemplo. Para mí, quizá lo más difícil en la convivencia con ellos: siempre te observan, te recuerdan lo que hiciste si algo similar les es negado, y esas situaciones que todos los padres hemos vivido...

Pedir perdón cuando uno se equivoca ante los hijos y rehacerse inmediatamente y con alegría. Esta me parece que es una enseñanza que beneficia mucho a hijos y padres por igual, que no te hace menos digno de respeto ni mina tu autoridad, al contrario. Mostrar ante los hijos que uno tiene también los termómetros de la barriga a medio llenar, o casi vacíos, pero hacerlo mientras se lucha por ir subiendo cada día unas decimillas al menos, ¿no? Ellos, los niños, son maestros.

cristinamorenoalconchel